Creo recordar que vi Titanic por primera vez allá por el invierno de 1998. Bueno, no creo recordar, recuerdo perfectamente que fue el 15 de enero de 1998… Yo y esta manía por las fechas… Si voy más allá y yéndome, valga la redundancia, del tema que nos ocupa la vi el mismo día en que celebrábamos el quinto aniversario de la operación de apendicitis de mi querida hermana pequeña. Aunque celebración, celebración, la tendría yo en mi cabeza porque seguro que ni ella misma se acordaba…
Como iba diciendo y retomando el hilo del asunto, desde aquella fría noche de enero en la que disfruté de la que semanas después sería una de las películas más laureada de la historia de los Óscar, la he vuelto a ver infinidad de ocasiones y he de confesar que se me sigue poniendo el vello de punta en muchas de sus escenas.
No creo que sea la mejor película de la historia del cine, ni mucho menos, pero la sensibilidad de Jack, la rebeldía de Rose y la complicidad entre ambos me siguen emocionando y me siguen avivando la esperanza de que en esta vida siempre habrá algo mejor y que siempre, siempre, por muy adversas que sean las circunstancias, hay que luchar por lo que se quiere. Algo que, al menos yo, olvido con frecuencia.
Jack, Rose, gracias a los dos.
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