Mi abuela decía que, pasara lo
que pasara y fueran las circunstancias que fueran, no se salía de casa sin los
labios pintados porque animaba mucho.
¡¡Y qué gran verdad!!
Que un día te ves con la cara
como si te hubieras comido tres kilos de acelgas, píntate los labios y ya verás
qué cambio…
Que pasas una noche de
insomnio pensando en la reunión que tendrás con tu jefe por la mañana, coge tu
rouge y llevarás las riendas…
Así, ese pequeño objeto de
deseo se convierte en el mejor de nuestros aliados y, en cierto modo, enmascara
nuestras preocupaciones, grandes o pequeñas, nos hace sentir guapas y
olvidarnos, durante unos minutos, de los malos ratos que, a veces, se apoderan
de nuestras vidas.
Y yo, como buena nieta de mi
abuela, nunca jamás voy con los labios al desnudo, ni en las alegrías, ni en
las penas, ni en la salud, ni en la enfermedad y todos los días de mi vida….
Upps…. creo que esto no viene
aquí, ¿no?
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