miércoles, 27 de noviembre de 2013

No sin mi pintalabios...

Mi abuela decía que, pasara lo que pasara y fueran las circunstancias que fueran, no se salía de casa sin los labios pintados porque animaba mucho.

¡¡Y qué gran verdad!!

Que un día te ves con la cara como si te hubieras comido tres kilos de acelgas, píntate los labios y ya verás qué cambio…

Que pasas una noche de insomnio pensando en la reunión que tendrás con tu jefe por la mañana, coge tu rouge y llevarás las riendas…

Así, ese pequeño objeto de deseo se convierte en el mejor de nuestros aliados y, en cierto modo, enmascara nuestras preocupaciones, grandes o pequeñas, nos hace sentir guapas y olvidarnos, durante unos minutos, de los malos ratos que, a veces, se apoderan de nuestras vidas.

Y yo, como buena nieta de mi abuela, nunca jamás voy con los labios al desnudo, ni en las alegrías, ni en las penas, ni en la salud, ni en la enfermedad y todos los días de mi vida….

Upps…. creo que esto no viene aquí, ¿no?

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